En esta familia la joyería no es un oficio,
es un defecto genético

Nuestra historia es básicamente, la historia de todo el mundo: Comenzamos de a poco, hace tres o cuatro generaciones, y cuando ya nos habíamos aprendido las respuestas, nos cambiaron las preguntas.

Empieza el bisabuelo Manolo en Galicia, sobre 1940, más o menos. Aprende joyería, trabaja muy, muy duro, monta una fábrica, se viene la hecatombe, emigra de madrugada en el primer barco que zarpa y en apenas tres meses llega a Argentina, con un par de maletas y la bola de engaste. Dos años después llegan su mujer y sus dos hijos. Otra vez trabajan duro, montan una fábrica de joyería, se viene una hecatombe económica, lo pierden todo, emigran a la Patagonia. Lo único que se llevan es la bola de engaste, recuerdo de Galicia.

Los dos hermanos, Paco y Manolo, montan joyerías en Bariloche, donde comienzan a trabajar sus hijos e hijas mientras aprenden el oficio.

En 2001 Argentina presenta quiebra. Hecho histórico, primer país del mundo mundial que quiebra. Punto. Todo mal. Pero nosotros ya nos habíamos vuelto a España un año antes, porque ya a esta altura hueles la hecatombe.

Nos trajimos la bola de engastar del abuelo, por putear a los hermanos, porque sí, porque no se pagaba demás por 5 kilos de equipaje, vete a saber por qué mi marido se trajo eso.

España del 2000, pesetas, el oro a 8 €, un alquiler o una hipoteca era el 35 % de un salario, el carro de supermercado lleno por dos mil pesetas, poco más y llenabas el tanque por lo mismo. Nosotros sabíamos demasiado, así que por las dudas volvimos a empezar de a poco. Nos volcamos a la alta joyería, y digo “nos”, porque después de trabajar, nos poníamos mi marido y yo en un tallercito que montamos en una habitación de nuestra casa de Russafa. Vale, no es sólo genético, es contagioso.

Nos mudamos a Aldaia, pusimos una tienda al público, nacieron hijos, nos turnábamos para atenderlos (uno con autismo) vino una crisis, otra, la Pandemia, seguimos adelante. Teníamos más clientes y más niños de los que podíamos atender, nos apañábamos.

Y una noche, el 29 de octubre del 2024, todo desapareció. Mi tiendita azul estaba al borde del barranco. Quedó sepultada bajo dos metros dieciocho centímetros de barro.

El problema era que no nos pasó a nosotros, nos pasó a todos. Mi tiendita azul, mi taller, desapareció; pero también el ayuntamiento, las escuelas, la biblioteca, los parques, las casas de mis vecinos, mis vecinos… todo estaba bajo el barro. Mis hijos y mi marido salvaron la vida apenas. Estaban trabajando, por supuesto.

El resto, ya lo sabemos todos. No tuvimos luz, ni agua, ni comunicación, ni ayuda gubernamental hasta que llegaron los voluntarios.

Cuando llegaron los voluntarios trajeron agua, comida, esperanza. Venían en zapatillas y a mano pelada, con cubos, escobas y medicamentos de sus propias casas. Entraron a los pueblos con más fuerza que el agua. 

Una mañana, el tiempo no tenía sentido en esos días, mi marido con las manos hinchadas por el barro y la falta de higiene, encontró un artefacto, se largó a llorar y me gritó: es la bola de engaste de mi abuelo ¡Si él pudo empezar en otro continente y solo, con esta bola, yo también puedo!

Me miré las manos, recordé a los Neardenthales y nuestros 150.000 años fabricando piezas de joyería, ellos lo hicieron sólo con sus manos y los elementos: fuego, aire, agua y lo que nos da la tierra, metal y piedras. Yo también tengo su fuerza, son mis ancestros, mi gremio de joyeros. Tengo mis manos.

Y volvimos a empezar. El punto de inflexión no fue el destino, ni la supervivencia, ni las ayudas ni los iluminados meditado por alinearnos los chacras, fueron mis hijos adolescentes diciéndome

–“No queremos estudiar, no vale la pena existir, el sistema es una trampa absurda, si todo por lo que luchas se puede ir en cuatro horas bajo el barro, nos la suda todo “. Así que les propuse aprender joyería:

“Venís al taller dos veces por semana, os voy a pagar una miseria, os voy a explotar y vais a aprender a dominar la materia como si fuerais alquimistas.» A ellos les pareció bien y a nosotros nos dio la motivación para reestructurarnos y seguir adelante. ¡Quinta generación de joyeros en marcha!

Entonces, necesitábamos un nuevo símbolo, algo que nos identificara con este nuevo resurgir. Al fin y al cabo, es a lo que nos dedicamos: creamos símbolos que nos recuerden de dónde venimos, cómo llegamos hasta aquí y nos de fuerzas para ir a dónde queremos. La bola del abuelo no es muy comercial, aunque tengamos sus coj*nes en la genética.

Toda España siente la fuerza de sus mayores corriendo por sus venas. Así que diseñamos un Fénix, que fuera nuestro logo y una pieza especial para llevarla puesta: nos hemos quemado hasta los huesos varias veces y volvemos a renacer.